Reconozco que en estos momentos hay dos temas en los que me siento más implicada, mujer y dependencia. Lo noto principalmente porque la mayoría de las cosas que leo, artículos, estudios, blogs, noticias… están relacionadas con ellas.

Precisamente en la última semana leía un comentario en una red social donde una persona, tras exponer un caso de un amiga cercana y querida, se preguntaba quién tenía la responsabilidad sobre el asunto. Muy resumido se trataba de una mujer que sin redes familiares y sociales dependía de su auxiliar de ayuda a domicilio y otra persona particular que tenían llave de su domicilio por lo que sin ellas, que iban una un rato cada una, nadie podía abrir la puerta. Hubo un problema de coordinación con la llave del domicilio y la señora se quedó sin servicio. La responsabilidad durante las horas de servicio parece estar clara, pero yo voy más allá ¿De quién es la responsabilidad si le sucede algo entre horas?.

La segunda lectura tiene que ver con el trato humano/deshumanizado que prestamos las profesionales del Trabajo Social a las familias, tanto que se pueden sentir acompañadas o ninguneadas en su periplo a través de la “dependencia”.

Esto me lleva a reflexionar sobre mi experiencia como trabajadora social en el ámbito de la dependencia y mi opinión al respecto. Como os podréis imaginar no es la misma que antes de trabajar en el sector, cuando consideraba la ley como protectora de derechos y prestadora de atención. Entro en detalles:

Desde el lado de las instituciones públicas esta Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia se traduce en baremos, indicadores, informes, evaluaciones, horas de servicio, listas de espera y estadísticas. Tal cual. ¿Qué les llega a las familias? Un trato deshumanizado. Lo más cercano a la empatía es el momento en el que se hace la visita a domicilio o el momento de mediar cuando tienen que firmar el acuerdo de la resolución. Puro trámite. Lentejas.

Desde el lado de la atención, en este caso concreto desde la ayuda a domicilio, un servicio en el que las familias y usuarios depositan todas sus expectativas, tan faltos de ayuda, y que una vez que conocen se dan cuenta que es una migaja en comparación a lo que una persona dependiente necesita. ¿Que les llega a las familias y personas dependientes? De nuevo un trato deshumanizado porque no se les puede dar lo que necesitan y eso provoca frustración, enfados, caos familiar… nadie les ayuda en su desbordamiento. Sólo los casos de grado de dependencia moderada encuentran un alivio a sus carencias con este recurso. En el resto de casos de grado dependencia severa o gran dependencia tiene como resultado un sentimiento de experiencia negativa. Efectivamente, se sienten ninguneadas.

¿Quien es responsable de lo que le pase a una persona dependiente que dos veces al día es visitada por una auxiliar de ayuda a domicilio que envía la “ley de dependencia” y por una cuidadora puntual (llamemos vecina, sobrina, una voluntaria de alguna asociación…) y que el resto de horas está sola? Esta persona puede caerse, tener una subida de tensión, un ictus, un pico de azúcar, un  mareo, no ir al baño, comer un par de veces al día, desorientarse, puede tener un accidente doméstico, una crisis nerviosa, tomar la medicación mal, un atragantamiento, un problema respiratorio o cualquiera derivado de sus enfermedades… hay mil ejemplos… no podemos hacer responsable a sus cuidadoras, sean oficiales o particulares de lo que les suceda durante el tiempo que la persona dependiente está sola en el domicilio. En estos casos de soledad, no aislados, sino muy comunes ¿puede pasar que se encuentren al cabo de doce o veinticuatro horas a una persona dependiente tirada en el suelo desde la noche o día anterior o lo que es peor muerta? Sí, pasa. Todos los días. Y nos echamos las manos a la cabeza si llega a salir en los medios. Si llega.

¿Hacemos entonces responsables a la familia o  red de apoyo? Las familias no pueden atenderlos/las veinticuatro horas, esto es una realidad y los/las cuidadoras que lo hacen están reventadas. De ahí que el sentimiento en los casos de grado máximo sea de experiencia traumática. Destroza todo lo que pilla a su paso.

Si, en los casos en los que la economía acompaña se contratan personas cuidadoras que se relevan, pero seamos francos, esto sucede en pocos casos. La realidad es que las cuidadoras del ámbito familiar asumen la responsabilidad plena (en el mejor de los casos). Veinticuatro horas, trescientos sesenta y cinco días al año. Y la “ley de dependencia” las defrauda, es papel mojado. Les venden humo y luego están solas.

Y eso en las grandes urbes, no hablemos de zonas rurales, que es aún peor si cabe. Contar con la solidaridad del vecindario, la comunidad o las asociaciones es muy valioso, pero insuficiente a la par de irresponsable. Estos recursos no deberían ser los principales a los que echar mano, pero la verdad, no hay donde acudir. Son como la llamada de S.O.S. en un naufragio. No hay soluciones apropiadas desde las instituciones y tenemos que acudir desesperadas a organizaciones no gubernamentales buscando alternativas para ir sumando, y sumando, y sumando.

Leo sobre la atención centrada en la persona, o sobre potenciar la permanencia de las personas en su residencia habitual y me entra la risa nerviosa. Hay tantas personas dependientes solas que cuesta conciliar el sueño. Y cuando llegan días festivos aún es peor. Las carencias son infinitas.

¿Qué derechos se protegen? ¿Qué atención se presta?

Hay una crisis de los cuidados a las personas dependientes inmensa.

No se donde vamos a llegar. Pero por el camino que vamos, sin medios humanos, sin recursos económicos, sin alternativas para las familias, sin soluciones integrales para las personas dependientes solas… poco vamos a aliviar sus necesidades. Parches.

Hay que mirar hacia arriba en la búsqueda de responsabilidades. No miremos la base de la pirámide. Cada uno en su papel hace humanamente lo que puede, o más. Hagamos responsables a los que tienen en su  mano el poder de cambiar las cosas y que viven de espaldas a sus gentes, en un mundo paralelo, en una burbuja.

En mi humilde opinión se debe trabajar hacia soluciones de habitabilidad compartida, intergeneracional, comunitaria, residencial… hay que buscar modelos que funcionen en países más avanzados y poner en marcha proyectos con carácter urgente. Lo que tenemos no sirve. Nuestro modelo de sociedad no incluye a las personas dependientes, y el futuro no parece ser mejor.

Efectivamente como trabajadoras sociales nuestro trato humano es una pieza indispensable. Vivimos con un sentimiento de impotencia inherente a nuestra profesión, porque nunca es suficiente ¿es que nadie lo ve? ¿nadie puede hacer nada? Pero no podemos tapar el sol con un dedo.

 

 

 

 

Anuncios